viernes, 30 de marzo de 2012

Benedicto XVI en Cuba

Mucho se ha debatido respecto del propósito que inspiró la visita del Papa Benedicto XVI a la isla de Cuba, algunos han pretendido endilgarle un cariz eminentemente político y, otros, la minoría puramente religioso.

Bajo esta dicotomía o dilema que está en ciernes de quienes manejan la opinión pública, claramente evidencia que no son personas de fe; es decir, que profesen un credo, sea cual fuere, para entender que en uno u otro caso, el propósito es el mismo, vivificar la fe cristiana en una isla que la profesa de manera oculta, para lo cual que mejor que hacerlo a través del vicario de Cristo en la tierra, quien embuido del espíritu y desde su temporalidad cumple con su misión.

Ahora, pretender el éxito mediático a través de su modesta ascendencia popular, entre aquellos que no son cristianos apostólicos romanos, sería lapidario frente a aquellas virtudes teologales que le deben ser propias a quien ostenta su condición, la humildad y profundidad de sus palabras son suficientes para entender que el llamado es uno solo, renunciar a las verdades temporales y absolutas frente a la única y verdadera verdad en Cristo Jesús.

El llamado es acercar a los corazones más allá del discurso y de las verdades temporales que se construyen en la razón científica o en la potestad de hombres con poderes poco altruistas llenos de vanidad y ambición, lejos desde cualquier perspectiva de propósitos colectivos fincados en el bien común.

Benedicto XVI mantiene su certera fe y profundidad en el diálogo que propone entre los espíritus, lejos de su ascendencia nazi que pretenden imputarle como un delito, resulta una inteligencia más entre aquellos que determinan en la historia una categoría espontánea y no prevista por la única verdad, tanto así, que muchos se desmienten a sí mismos para reivindicarse con sus tesis con el único fin de no aceptarse en su esencia divina y espiritual.

Sí, el solo hecho de discutir si antes del Big Bang hubo o no la inspiración divina, es aceptarlo sin discurso o razón científica, de tal suerte que las aguas se mantienen calmas ante el embate de aquellos que quieren ver en lo inmediato y superficial la causa por sus efectos, cuando realmente esa causa se ha mantenido eterna e incólume.

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